Unas palabras sobre Residencias

Por Ana Gabriela Méndez Gutiérrez

 Para mí, conocer la UDEM fue conocer Residencias y desde el inicio la manda familiar fue: “Si no es en Residencias, no te vas a Monterrey.” Llegué sola desde Chihuahua, sin compañeros de prepa que fueran a entrar a la UDEM, diciendo que venía a conocer roomies para salirme en un año.

Me quedé toda la carrera.

Mi primer semestre fue uno de Residencias llenas a reventar, con tantas personas que nunca faltaron compañeros para ver Toy Story 3 en la salita social o armar una comida el domingo. Conocí a personas de distintas carreras y tradiciones, y me di cuenta que servicio comunitario también es prestarle la secadora a la vecina o compartir condimentos en la cocina.

Me uní al Club de Cocina para tener asegurada al menos una cena decente a la semana, y sin darme cuenta fui conociendo tantos colaboradores UDEM, que la primera vez que entré a los cubículos de DICU tardé un rato en entender porque tantas caras se me hacían familiares.

Fue al final de una sesión de cocina, cuando la Maestra Gaby me dijo: “Ay, Ana Gaby, tú podrías ser RF”. ¿Residente Formador? ¿Yo? ¿Cómo Jenny? ¿Mi amable, estudiosa y siempre servicial RF de primer semestre? Tal vez, pero aún no.

Porque quizá ya tenía la capacidad de liderar, pero necesitaba probármelo a mí misma y escucharlo de alguien más, cosa que tal vez no hubiera sucedido si no salía de mi casa. Primero fui Sociedad de Alumnos, aprovechando que si debía pegar posters a las seis de la mañana, bastaba con despertarme 15 minutos antes, y que si debíamos guardar 20 cajas de galletas, mi cuarto podía ser una bodega provisional (ventajas de vivir en Residencias que siempre compartí con aquellos que solían preguntar ¿por qué sigues ahí? ¿no están muy chiquitos los cuartos? Vimos tres veces la inauguración del CRGS; ya ni los consejeros).

Apliqué para ser RF, y después de un riguroso proceso de selección y un par de semanas de incertidumbre como emergente, se abrió mi piso. Ser RF te permite decir cosas como: “Perdón, no me puedo juntar en domingo porque tengo trabajo.” o “Técnicamente pago mi renta haciendo cadenitas de papel crepé.”, pero lo mejor de ser Residente, formador o no, son las personas que conoces, las oportunidades de ayudar a otros, aprender el valor de la confianza (como la que se genera en el club del rosario) y darle a otros el ánimo necesario para creer en su potencial y probar cosas nuevas (o al menos terminar Ingeniat).

Mis compañeros RFs se convirtieron en cómplices de aventuras, ideas descabelladas, frustraciones y vergüenzas públicas (oh, el sketch…). Sin ese vínculo, y sin esa costumbre de platicar casualmente con autoridades en las cenas de promedios, definitivamente no nos hubiéramos unido para ser Feudem.

En mi último semestre seguía saludando gente en los pasillos; aún graduada cada vez que entro a Recepción es como llegar a casa. Porque llegué sola y encontré familia; eso es vivir en Residencias. Es ganar una mamá, tíos buena onda, nuevos hermanos y hasta primos lejanos que no conoces bien, pero siempre ves en las reuniones.

La gente cambia, pero el espíritu es el mismo. Pasar por Residencias es saber que muchos van a cortar con la pareja de prepa que dejaron en casa, pero también van a encontrar consuelo en largas pláticas nocturnas por el jardín; es ver las fotos del Wellhome y saber que no todos se van a quedar en la UDEM. Algunos van a volver a su casa, o cambiarán de universidad, pero está bien, porque hayan estado aquí toda la carrera, dos años, un semestre o menos, estoy segura que todos quedaron marcados por su estancia en Residencias (o al menos lloraron con la carta de despedida que les dejaron sus papás).

Tal vez aquí conocieron a un mejor amigo para toda la vida, o tal vez tuvieron una plática significativa con uno de los Profesores Formadores (como el Doc); un hijo único conoció lo que es tener quinientos hermanos y un huérfano de padre o madre sintió lo es que tener alguien que te apoye incondicionalmente.

Porque vivir en Residencias es la diferencia entre ser y estar; es la diferencia entre estar en un departamento o ser parte de un hogar.

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