Viven experiencia en Tehuantepec

Por: Carlos Huerta y Juan Carlos Treviño

Como estudiantes de la carrera de Arquitectura de la Universidad de Monterrey nos sentimos llamados a ser parte de un programa de ayuda a las comunidades afectadas por los recientes terremotos que azotaron nuestro país, y es por eso que nos enlistamos como voluntarios para dicha labor. De esta manera fue que 6 estudiantes nos dirigimos a Tehuantepec, Oaxaca, una pequeña ciudad que se encuentra a 5 horas de la capital, la cual cuenta con una riqueza arquitectónica muy extensa. Podemos encontrar diversos ejemplos históricos de arquitectura prehispánica de la cultura Zapoteca, arquitectura colonial en edificios administrativos o religiosos, además de arquitectura tradicional y vernácula de alrededor de 150 años de antigüedad en las viviendas que los pobladores han heredado de sus ancestros.

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Lamentablemente a partir de los sismos de Septiembre de 2017, muchas edificaciones históricas se vieron seriamente afectadas, y aunque en un principio hubo esfuerzos por parte de los pobladores y compañías constructoras por reparar los edificios utilizando el concreto (por ser el material más común en el mercado). Poco se pudo hacer, ya que se dieron cuenta que el concreto no es compatible con los sistemas constructivos tradicionales de los que están hechos los edificios, con materiales como el sillar y el adobe. A partir de esta problemática, la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca (FAHHO) decidió realizar una reconstrucción legítima con el apoyo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el cual realiza investigaciones para restaurar el patrimonio arquitectónico de manera adecuada.

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Hay que reconocer que ningún estudiante de los que acudimos a Tehuantepec se imaginaba el panorama al que nos enfrentaríamos al llegar a la zona en donde ocurrió el desastre. Resulta curioso cómo las redes de información pueden imprimir en nuestras cabezas realidades que distan mucho de lo que realmente sucedió, y de lo cual solo pudimos darnos cuenta al escuchar de viva voz a las personas que perdieron sus casas y quedaron desamparadas por largos meses.

Parecía que con tanta difusión de los esfuerzos ciudadanos por ayudar al prójimo a través de donaciones e iniciativas de apoyo (a las cuales incluso nosotros nos sumamos) todo iba a salir bien, que pronto se levantarían los pueblos y ciudades afectadas, pero la realidad es que a 10 meses de los terremotos las calles de Tehuantepec se encuentran llenas de escombro, se pueden ver los techos colapsados y las grietas todavía presentes en las casas, y un ambiente en general que denota tristeza.

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Desastres como los ocurridos en septiembre del año pasado dejan secuelas en el tejido social y las estructuras de las ciudades muy complejas, y que a pesar de la buena fe del pueblo mexicano por apoyarse los unos a los otros, hace falta organizarnos más, y estar preparados porque en esta ocasión sólo el 20% de lo que se donó resultó ser efectivo. Aprendimos que el trabajo de regeneración de las vidas de quienes sufrieron pérdidas materiales es un proceso muy largo, y que no termina después de 15 días o de un mes, sino que hay que ir de la mano con el pueblo, en un largo camino por difuminar las cicatrices de una comunidad dolida.

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Quedan aún muchas preguntas y vivencias que tardan en digerir pero que ya han comenzado a gestar un cambio en nuestra manera de pensar, y en un futuro incidirá en nuestras vidas y en nuestra labor como arquitectos. Trabajos como los que realiza el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca (FAHHO) son dignos de reconocerse y aplaudirse, porque además de buscar la reconstrucción de las casas dañadas, tienen el compromiso de rescatar la cultura y la imagen histórica de Tehuantepec, así como redescubrir la forma tradicional de construir que poco a poco ha sido abandonada y olvidada. Pareciera que esto último no es tan importante como la necesidad inmediata de tener donde dormir y donde vivir, pero al preservar las capas de historia de un pueblo en vez de sepultarlas se le da vida a la identidad de cada persona que ahí habita, y un pueblo con identidad es más fuerte, más unido y con mayor resiliencia a posibles desastres que pueden llegar en un futuro.

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